El mueble, la obra de arte que todos llevamos dentro

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Esta es, ante todo, una introspección de mis inquietudes acerca del mueble. Es un punto de vista a partir de la impronta que me ha dejado la experiencia personal, primero como usuaria atenta a todo aquello que los muebles querían comunicarme y, más adelante, como diseñadora comprometida a continuar el enigma que aprendí de ellos.

Quizá todo comienza en las tardes en donde mis hermanas y yo nos quedábamos en casa a jugar buscando escondites, refugios en los cuales recrear nuestro propio mundo de fantasía.

De mis lugares favoritos puedo recordar la sala de mi antiguo hogar y su comedor. Cabe mencionar que mi casa era una construcción moderna pero regida por los cánones del pasado: cada habitación tenía una única función ligada a las “sólidas” estructuras sociales, en las que cada miembro de la familia jugaba un papel jerárquico dentro mi micro-universo.

En mi mundo infantil, donde existían espacios determinados para cada actividad, teníamos todas las cosas necesarias para llevarlas a cabo. Nunca nada de más, pues mi hogar era más bien regular. Éste laberinto de juegos infinitos lo compartía con mis dos hermanas, mi madre y mis tíos abuelos.

 

Un lugar especial en mis recuerdos le pertenece a la mesa de centro de mi entrañable sala.

 

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La sala se encontraba unida a un pequeño despacho que servía igual de oficina del tío abuelo, que de brevísima biblioteca. Por su parte, el comedor era un pequeño salón donde se llevaron a cabo varias de las más memorables reuniones familiares; y es que, al traspasar la puerta, el imponente mobiliario lograba llenarlo todo, con su gran mesa capaz de contener ocho macizas sillas, un aparador en tonos muy claros por los efectos del espejo y paredes de vidrio, y finalmente, el trinchador, continente de todos los misterios a partir de sus múltiples gavetas infranqueables, excepto por la mágica llave que sólo la tía abuela podía operar. Ahí, se resguardaban tanto las mermeladas y los confites como los platos finos para las fiestas pero sobre todo, el olor a madera de roble viejo.

Ahora sé, que lo que convirtió a esas habitaciones en inolvidables fue su mobiliario, por ser grande, sólido, seguro y por lograr el efecto de protección que me acompañó en mi niñez. Esos eran los muebles familiares, tan usados por todos nosotros, pero igualmente desordenados por los juegos cotidianos de mi infancia.

Había espacio para la imaginación, pues los sillones podían ser pistas de circo por las cuales podíamos volar y rebotar, o bien, los intercambiábamos rápidamente como acogedores respaldos para mirar la televisión o escuchar música en la consola, que era un verdadero centro de entretenimiento.

Recuerdo los enormes sillones de principios de los cuarenta, hiperbolizados por la imaginación y las emociones descubiertas al deslizar mis dedos entre sus laqueadas molduras semejando flores y yo, creando historias para ellas.

Mi pasión por la textura y los volúmenes, estoy segura que provienen de las horas que pasaba escudriñando los relieves del tejido y cómo éstos hacían surgir las formas en la tela, que obedientemente se repetían hasta conformar un dibujo extraordinario.

Un lugar especial en mis recuerdos le pertenece a la mesa de centro de mi entrañable sala. Era un monolito de mármol redondo sostenido por una base de hierro bruñido y con tan sólo tres patas. Estoicamente cargaban todo el peso, razón por la cual el artista había coronado cada pata con la cabeza de un león rugiendo, para dejar en claro que esa gélida piedra estaría bien resguardada, al igual que todo aquello que uno se atreviese a poner encima.

Foto de fotógrafo Héctor Velasco Facio

Foto de fotógrafo Héctor Velasco Facio

Adoraba sentarme en los cálidos sillones y saltar de ellos para correr a poner mi cara en el helado mármol. El frío y el calor, lo acogedor y lo incómodo, la amplitud y la brevedad de los lugares, fueron creando un juego de tensiones que terminaron por despertar mi visión estética en lo cotidiano.

Comprendí finalmente, que yo miraba, utilizaba y sentía los muebles como obras de arte, porque ellos significaban para mí la realización estética que impulsa mis propios actos creativos.

Años después, mi madre, mis hermanas y yo, dejamos atrás la vieja casa, con sus muebles de época y sus valores familiares jerárquicos. Dejamos atrás la intimidad de los cuartos predeterminados para adentrarnos en otro tipo de ambiente, un poco menos íntimo, sacrificado por la funcionalidad de los espacios pequeños de usos múltiples.

La ganancia fue tener nuestro propio departamento y con él, la libertad de pintar las paredes de color mostaza, de instalar alfombra verde bosque e inundar de luz la estancia gracias a un juego de espejos.

Conservamos algunos elementos de nuestra antigua relación jerárquica con el espacio, continuamos con la tradición de una sala de tres piezas, pero esta vez, el love-seat contrastaba en colorido con los sillones individuales y de tres piezas.

La mesa de los eternos leones vociferantes le dio paso a una modernísima mesa de perfiles de latón muy pegada al piso, que desafiaba la gravedad con ese amplísimo vidrio que parecía quebrarse con cada nuevo objeto que sostenía. Bajo la mesa, un tapete tan blanco y tan mullido como un oso polar.

Ahora teníamos como “estancia” un amplio cuarto cuadrado y multifuncional que era nuestro recibidor, comedor y sala. Franqueando una puerta abatible la cocina y, al fondo, un pasillo que conducía a las habitaciones privadas, pero que de alguna manera se volvían públicas, pues al único baño se accedía través de cualquiera de las dos recámaras. Para solucionar este inconveniente de falta de privacidad, mi madre decidió combinar estilo y astucia para crearnos una morada.

De ella aprendí entonces que el estilo no es cuestión de precio ni de espacio

 

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De ella aprendí entonces que el estilo no es cuestión de precio ni de espacio, sino de saberse arriesgar. Y fue así como en ese pequeño e increíblemente bien arreglado departamento, desperté al mundo del ambiente sofisticado.

Y es que mi madre, mis hermanas y yo, nos entregamos en el reconocimiento de nuestro propio estilo entre libros de arte y revistas de arquitectura y diseño, literatura indispensable para ir entrenando el buen gusto.

Concluiré confesándoles que las buenas ideas nunca surgen de la nada, siempre se comparten y se mejoran, hay que admitir que muchas veces se prestan y, en ocasiones, sí, por qué no, también se roban. Yo, en lo personal, prefiero honrar a mis plagiados, nunca digo que una idea es totalmente mía, pero siempre me comprometo a utilizar mi capacidad estética para mirar y resolver los problemas de diseño.

Erika Winters

-Vuela a donde quiera que el espíritu te guíe y regresa a casa

Erika Winters Design

www.erikawintersdesign.com




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