¡AQUÍ EL QUE MANDA SOY YO!

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¡Atrás Satanás! Criatura de mal, siempre husmeando a los demás. ¡Uschale!

No sé si era la negrura azabache de mi apariencia, con mis ojos fulminantes y brillosos, en contraste de mis feroces dientes blancos, que hacían que me temieran y me patearan de cada lugar en donde metía mis narices. El único lugar donde yo era el dueño y señor, era en el basurero municipal; orgías de huesos de todo tipo rellenaban mis tripas, con mi vista recorría mis dominios, el horizonte de arriba y abajo, asemejándose a pirámides egipcias… eran las torres de desechos.

Un día el intruso llegó, Uriel el querubín hizo su aparición con su pelaje moteado…. no sabía si ese aspecto era original o provenía de esa mugre que nos rodeaba a todos. Era famélico, montero y valiente hasta la pared de enfrente. Me freía ver que se pavoneara… ¡el muy, muy!, meandose en cada rincón para marcar su territorio… ¡Qué coraje, el lugar era mío, solo mío!

La guerra de ladridos entre Uriel y yo se hizo cada vez más frecuente, mostrando nuestras fauces reclamando sangre, pero lo que definió nuestro destino fue una bella hembra en celo: Eva, tocaya de la que hizo pecar a Adán en el paraíso. El mío era un paraíso diferente, repleto de desechos orgánicos y para ser inclusivos inorgánicos también.

Eva, bella toda ella, en su andar provocaba a cualquiera, tenía una mezcolanza de razas, cuyo resultado final fue un exótico mestizaje. Yo babeaba por ella, la halagaba con unos aullidos de macho alfa, le traía a sus patas los huesos y carne más frescas del lugar, la cuidaba de día y de noche.

Pero no me había percatado que el mismo amor que le tenía yo a Eva lo disputaba con Uriel. Lastimosamente, de quien ella estaba prendada era de él. A la muy mosca muerta se le iluminaban los ojos cuando él aparecía, pus ¡más coraje me daba!, mis tripas se estremecían cada vez que los veía compartir su amor.

Pero el amor no es para siempre. Un mal día llego, con un chubasco que nos sorprendió a los tres, el cual trajo un convoy de la perrera municipal que tenían la encomienda de atraparnos. Salimos destapados, atemorizados, escapando de nuestro trágico final, cruzando las calles sin voltear a ver, bocinazos de los coches nos advertían que el peligro nos perseguía.

Finalmente, un tráiler acabó con nuestras vidas, dejándonos estampados en la calle, así como así. La vida se nos escapó y vi cómo el cielo se abrió y un ángel luminoso bajó por Uriel, llevándoselo victorioso e inmortal.

El suelo se abrió y succiono a Eva sin chistar. ¿Pero qué pasó conmigo?… acuérdense que yo soy el gran Satanás, malévolo, que seduce a los humanos al pecado y a la falsedad, ¡yo no tengo nada de que arrepentirme! Una vez fui un hijo de Dios, un ser de luz, una vida aburrida hasta las lágrimas, hasta que me volví un ángel caído y ahí empezó la diversión.

Como el mal nunca muere, fui el único que se salvó de sus compinches… si, el mismísimo Lucifer, diablo o como quieran llamarme, pero recuerden que ¡aquí el que mando soy yo! El gran rey alado, yo soy Satanás, príncipe de las tinieblas y el único dueño de este pinche basurero municipal.

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