Rumania: la ruta del Conde Drácula

Destinos turísticos que no te puedes perder en Rumania

Rumania es un país que en cada letra de su nombre lleva la intriga, el misterio y paisajes con niebla, pero el premio mayor como atractivo turístico es la huella que reside en el mundo de la imaginación deja el Conde Drácula.

 

Rumania es una tierra donde donde la ficción se funde con la historia confundiendo la realidad. Si la novela de Bram Stoker te atrapó entre sus páginas, embárcate en un viaje inolvidable que te llevará por los rincones más recónditos de los Cárpatos al universo del vampiro más enigmático y legendario de todos los tiempos.

 

Nuestro viaje comienza en Bucarest, la impresionante capital fundada hace más de cinco siglos que consiguió ser bautizada como «el Pequeño París» de los años 30 gracias a sus elegantes avenidas salpicadas de árboles. La avenida principal o Calea Victoriei tiene un cierto perfume parisino mezclado con la  arquitectura ecléctica conviertiendo la zona en multicultural repleta de historias, cúpulas color oro viejo de los campanarios hasta las ruinas del palacio de Vlad Tepes.

 

Situado cerca de la Plaza de la Unión, el «Curtea Veche» (Corte Vieja), son las ruinas del palacio que mandó construir durante su mandato el Príncipe Vlad Tepes. Poco queda del esqueleto original del castillo sometido a consiguientes ampliaciones que dejaron impresas en sus paredes las huellas de la tendencia arquitectónica del momento. La desidia de sus últimos dueños sumada a las inclemencias del tiempo, terremotos e inundaciones, ha abierto la piedra, convirtiéndolo en un edificio  que trata de mostrar la gloria que lo cubrió en su pasado. Los recorridos turísticos al Castillo que se realizan actualmente tienen como escenario principal los subterráneos del edificio, donde las mazmorras quedaron protegidas de la erosión del tiempo. Su atmósfera carcelaria basta para imaginar pesadillas y escenas vampirescas. El castillo de Bucarest, ya en su estado ruinoso actual, no es tan pintoresco como el de Bran. Sin embargo, en el primero sí hay certeza histórica de que habitó tras sus muros el Príncipe Draculea.

 

Después de visitar este escalofriante lugar, lo mejor es caminar bajo los rayos de sol hacia el norte y atravesar el pequeño lago de Snagov. Fue en los bosques cercanos a la localidad donde, según las fuentes históricas, asesinaron al cruel Vlad el Empalador, y unos monjes recogieron su cuerpo enterrándolo en el monasterio que se erige en la isla que yace en mitad del lago. Son innumerables las historias de miedo y las leyendas sobre el fantasma del gobernante que durante los siglos se han narrado a la luz de las hogueras o las linternas, pero mientras los vampiros no puedan sobrevolar el agua, los habitantes de la ciudad pueden dormir tranquilos por las noches.

 

Son varios los castillos que se han asociado al Conde Drácula. Unos cuantos kilómetros al oeste de la capital encontramos el palacio de Poenari sobre unos agrestes acantilados, escena que provoca un deja vu literario. Cuando uno va entrando nos recibe mil quinientos escalones desgastados que nos conducen  a lo alto de las torres, convertidas en nidos de águilas y viejos arboles centenarios observando. El bosque se ha tragado parte de la ciudadela, al igual que restos de las batallas que se dieron alrededor de este lugar y durante una de las cuales, según cuentan las leyendas, Vlad Tepes se arrojó al vacío al creer que los turcos habían penetrado en la fortaleza.

 

Sin embargo, tradicionalmente la fortaleza de Bran, construida cerca de Brasov, se ha considerado como la auténtica morada del Drácula literario. El vínculo con la figura histórica es totalmente ficticio; pero al igual que el carácter y la naturaleza del gobernante rumano inspiró a Stoker para crear a su protagonista, la pintoresca apariencia del castillo, con tejados picudos de un rojo intenso y muros blancos que se tiñen de negro al anochecer, lo convirtió en su escenario ideal.

 

La novela ha cobrado tanta vida que se encuentra unida a los ladrillos de la fortaleza de una forma indisoluble. Es tan propia del lugar y con el atractivo arquitectónico del castillo, que entre cerros y colinas agrestes, parecen sacados de una novela romántica. Con un paisaje se empapa y su aire magnético, eterno y misterioso envuelve permanentemente a Drácula. La mejor ruta para llegar a sus murallas es atravesando el Paso del Borgo, el célebre camino de la novela que serpenteaba por el bosque comunicando Brasov con el viejo castillo.

 

La última parada en el submundo de las tinieblas literarias es Sighiosara, la ciudad natal de Drácula. Al contemplarla a plena luz del día, con la luz sobre sus calles medievales y llenas de encanto, cuesta imaginar que fuera la cuna de un hijo de la noche. Todavía se conservan intactos nueve torres y dos bastiones de artillería de esa fortificación que se levantó siglos atrás en la frontera para detener el avance otomano, y un mercado con una magia necesaria para llevarte al pasado.

 

Junto a la torre del reloj se encuentra la casa donde nació Vlad Tepes, ahora convertida en un restaurante y con un Museo de Armas en la planta superior, pero que conserva la efigie de un dragón de hierro forjado balanceándose en la entrada. Visitar sus habitaciones es la excusa ideal para detenerse y hacer algo de turismo gastronómico. Prueba las tradicional sopa de ortigas, la ciorba de perisoare (caldo con legumbres y carne picada), la ciorba de burta (caldo cremoso con callos, carne de ternera, yogurt natural, huevos y especias) o el sarmale (picadillo de carne con arroz envuelta en hojas de col o vid). Imprescindible tomarte un chupito de bruica, un brandy de jugo de ciruelas, y para finalizar la comida los papanasi, deliciosos pastelillos de queso bañadas en crema dulce y con frutas caramelizadas.

 

Para tu próxima escapada no dejes de visitar Rumania y disfruta de la emoción y escalofríos en estado puro con su sabor hechizante.

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