GÜEYES por Juan Carlos del Valle

Pareciera que nuestra identidad estuviera cimentada en el no-ser.

El mundo está claramente polarizado. En nuestro país somos testigos de este fenómeno todos los días. La división ideológica, política, económica y social es cada vez más radical y las brechas se hacen progresivamente más evidentes. Y a pesar de que las diferencias encontradas en el otro pueden significar una posibilidad de colaboración, aprendizaje y crecimiento, la realidad es que es muy difícil construir un proyecto colectivo —de cualquier índole— sobre la base de los extremismos, la intolerancia y el enfrentamiento.

En vez de mantenernos abiertos y flexibles nos vemos constantemente orillados al rigor de tomar partido por alguno de los polos del espectro: eres chairo o fifí, de izquierda o de derecha, en pro del cubrebocas o en contra, a favor de la ciencia o de la religión, y un interminable etcétera.

Resulta necesario reflexionar sobre el sentido fraterno y comunitario, particularmente en un periodo de distanciamiento social y desarticulación como el presente. Y es que somos seres eminentemente sociales: el problema de uno es el problema de todos y solamente unidos podemos aspirar a enfrentar los retos que nos presenta el mundo de hoy.

En esta sociedad contrastante y dicotómica en la que vivimos, regida bajo la consigna del “si no estás conmigo, estás contra mí”, ¿existe alguna circunstancia en la cual dejamos a un lado nuestras diferencias y vislumbramos un acuerdo? Se me ocurre que la tragedia pueda ser uno de los factores unificadores de nuestra sociedad. Por ejemplo, cuando tembló en la Ciudad de México hace apenas tres años fuimos testigos de un despliegue conmovedor de iniciativas de ayuda. Sin embargo, al mismo tiempo fue inevitable que se politizara la catástrofe, que algunos aprovecharan para delinquir, que los medios de comunicación falsearan información haciendo de la desdicha un espectáculo lucrativo y que salieran a la luz numerosas manifestaciones de corrupción.

Identidad

Las profundas grietas divisorias también parecen desaparecer, al menos momentáneamente, cuando juega la Selección Nacional de futbol. Incontables aficionados se “ponen la verde” y se genera una fuerte ilusión de comunidad, tanto en el grito eufórico de los goles como en la frustración de las derrotas. Contradictoriamente, este efímero sentido de unión a menudo concluye en comportamientos autodestructivos como peleas, borracheras y el vandalismo del propio patrimonio.

Sin embargo, hay algo en lo que todos parecemos estar de acuerdo de una manera más general y permanente: que somos güeyes. El coloquialismo favorito del mexicano —que literalmente reduce a la persona al nivel de un animal cornudo y castrado— disuelve cualquier distinción de ideología, nivel socioeconómico, edad, género u ocupación. Y a pesar de tratarse de un calificativo esencialmente denigrante e irrespetuoso, casi nadie en nuestro país se sentiría ofendido al ser llamado güey, puesto que a ese grado se ha normalizado e implantado este apelativo entre nosotros.

Lo que no se nombra no existe y llamarnos güey unos a otros implica el borramiento de nuestro nombre e individualidad. Pareciera entonces que nuestra identidad estuviera cimentada en el no-ser y que este gran acuerdo colectivo fuera, en el fondo, una cuestión de falta de amor propio. Y a pesar de ser un país de enorme y envidiable riqueza étnica, histórica, natural, patrimonial, lingüística y artística, la valoración de nosotros mismos es tan pobre que incluso existe la palabra malinchismo para designar el fenómeno de menospreciar lo propio en favor de lo extranjero.

¿Es posible que nuestra identidad como sociedad se construya, ya no desde apelativos humillantes y acciones autodestructivas sino a partir de lo mucho bueno que somos y tenemos? ¿Podemos renunciar al egoísmo indiferente y convencernos de que el que no transa sí avanza y que el bien del otro es también el mío? ¿Es posible aspirar a una igualdad, no desde el descrédito, el insulto y la agresión sino desde la conciencia, la libertad y la dignidad? Aun siendo cierto que la sociedad actual es el resultado de un choque cultural violento y que la historia de México es una de opresión, mentira, silenciamiento y subyugación, me pregunto si es posible trascenderla y sabernos colectivamente capaces y merecedores de ser algo mejor que güeyes.

Publicado en Vértigo Politico



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